lunes, 7 de noviembre de 2016

Sin miedo



Sin miedo



Se quedó mirándolo desde la silla donde cosía. Tantos años juntos y no sabía qué podía pasar por su cabeza. Hablaban poco; él era parco en palabras y ella se había acostumbrado.

Lo miró cuando él, tambaleándose, se levantó de la silla para irse a dormir. Terminó la costura y, cuando fue a la cama, le vio dormido como un tronco; de pronto, con cuidado, cogió aquella almohada y se puso encima de él, apretando con todas sus fuerzas. No hubo apenas resistencia, fue mejor de lo que ella pensara. Quitó la almohada y vio sus ojos desorbitados; los cerró lentamente, colocó sus piernas rectas y sus manos las cruzó en el abdomen. Se sentó al lado, observando, ya no había prisa. Ahora no tendría que soportar su respiración, que le asqueaba, ni olerlo cerca; incluso cuando dormido la abrazaba, tenía que controlar su repulsión, no soportaba su tacto, sus manos grandes estrujando sus pechos. Humildad no había podido tener hijos, y Rufino en todo momento se lo reprochaba como una cantinela:

-¡Ésta mujer es tan inútil que no sabe cuajar en su vientre. Su cabeza está hueca, solo sirve para que le digas lo que tiene que hacer y poco más!


Humildad suspiró y sus ojos se anegaron de lágrimas; sí, muchos años de convivir con su marido, en aquella casa de campo, donde poca relación tenían con nadie; apartados de la gente, aislados de sus respectivas familias. Llevaban una vida oscura, sin alegría.

Con lo que Rufino cultivaba y los animales que cuidaban, tenían más que suficiente para su sustento. Ella, sumisa a lo que le dijese él, se mostraba siempre obediente. Al principio la golpeaba sin piedad, por nada, desahogaba su mal genio así: insultos, gritos; con el tiempo supo que la necesitaba, ¿qué haría él sin ella?

Humildad guardaba un secreto: ¡sabía leer! Esos periódicos que Rufino recogía para varios usos útiles le valían para saber qué ocurría en el exterior, en ese mundo que no había sido hecho para ella. Soñaba en no tener miedo, llevaba en su corazón un rencor que no había dejado salir fuera, pero ahora ese peso se había disipado; todo cambiaría, después de aquellos años de infelicidad, presa en su propia casa, envuelta en silencio. Le importaba poco lo que ocurriera, pero lucharía por vivir…

¡Vivir sin miedo!




MarinaDuende
18 - 10 -2016

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